No he podido llorar,
Mis lágrimas se han secado,
Sólo puedo pensar,
Pensar y callar.
Que tristeza silenciosa la mía,
Oculta , muda, ciega,
Triste, triste
Y seca como el desierto
Que me llena de arena y silencio.
No he podido llorar,
Mis lágrimas se han secado,
Sólo puedo pensar,
Pensar y callar.
Que tristeza silenciosa la mía,
Oculta , muda, ciega,
Triste, triste
Y seca como el desierto
Que me llena de arena y silencio.
Los puntos violetas sobre la verde grama,
Y pasando la quebrada sobre el verde, el brillo
Amarillo y dorado de la mata de retama,
Y azul el cielo, recoge nubes con rastrillo.
Cuando lo complejo tórnase sencillo,
Cuando el universo y el yo se hermana,
Y el tronco se va volviendo rama
Y el sol rojo y amarillo en un anillo,
Y la luz blanca sale
de la boca,
Y el prisma sale de una roca,
Y puedes sentir el infinito
Y el tiempo da vueltas y te toca,
Suavemente la piel con una broca
Y te marca un agujero muy finito.
Con el ceño fruncido, y la voz angustiada como sus ojos
negros, negro el miedo,
Camarón de la Isla, desde New York, cuenta con la misma
profunda pena, que lo suyo a los 41 años, es muy malo y que se ha de morir ya
mismo.
Le angustia la temprana soledad de “Chispa”, la futura
viuda, y la orfandad de yermo de sus hijos, tiernas criaturas.
La profundidad del lamento, como requiebro de queja, y de
resignación, que sabe que el límite lo ha marcado el cáncer de pulmón, que
apagará esa voz española romaní, en sus dialectos forjados desde el siglo nueve
y que han trashumado desde el noroeste de la India, hasta su diáspora austral e
ibérica.
Se ha muerto en Badalona, a sus 41 años.
Se calló por Soleares, en su silencio andaluz, vedado para
los payos.
O en seguiriyas, o bulerías, no importa el palo.
La muerte también tiene otros privilegios.
Cómo por ejemplo,
cambiar lo que podría ser tedio y rutina, dulcemente en cálidos recuerdos, en
risas compartidas. Luchando juntos. Y te libran del bochornoso paso del tiempo.
Que te deje sostenida en una
inmutable y recordada belleza y lozanía.
Que el final sea suave y corto.
Que no existan pesadillas peores.
Que te hayas ido pletórica y completa,
Alegre y satisfecha.
Me quedo con los cincuenta años de felicidad,
que nunca, la fuente del amor, se agotará.
Octavilla de queja por la tortura burocrática y el mal
comportamiento
Cinco vueltas, ¡qué dolor!
Para un trámite sin fin,
Por desidia y sin valor,
De un burócrata ruin.
Tiempo robado,
sol y afán,
Paciencia hecha pedazos,
¿Quién repara este desmán?
¡Basta ya de estos lazos!
Cada paso, un bofetón,
A la dignidad que se va,
Tributo a la sinrazón,
¡Qué incompetencia nos da!
Mi paciencia no es eterna,
Ni la de nadie,
¡escuchen bien!
Esta tortura tan terna,
¿Hasta cuándo, hasta cuándo, amén?
Exijo respeto, exijo acción,
Eficiencia,
¡ya es la hora! Que valoren la razón,
Y el tiempo que se evapora.
¡No más vueltas sin sentido!
Cada minuto es un tesoro.
Nuestro tiempo,
¡no es perdido!
¡Merece respeto, sin demora!
Verde, verde esmeralda,
Verde esperanza
Verdaderamente verde,
Como un campo de fútbol,
Como el paño de una mesa de billar,
Como el agua del mar
adentro,
Como la cosecha que se pierde,
Tras un tropical temporal.
Como una piedra preciosa,
Como un campo bien sembrado,
Como el verde de las tardes
De Miguel Hernández , en verano,
Las tardes de puro verdes,
De puro azul, esmeraldas.
El verde que Ulises añoró, de Itaca,
Verde de prodigios.
El simple color verde,
Verde sin vestigios,
De amarillo ni azul.