Opiniones
sábado, 25 de julio de 2026
CONTRA TODO PRONOSTICO; ESPAÑA ENVIADO POR JUAN ORTIZ GARCIA
Entre el bar y la longevidad: apuntes sobre un país que se niega a optimizar la vida Gilberto Carrasquero Naranjo España tiene más bares que camas de hospital. Léalo de nuevo, despacio. Unos 260.000 bares frente a unas 140.000 camas hospitalarias. Cualquier consultor de salud pública —armado de su PowerPoint y de su inglés de aeropuerto— diagnosticaría el desastre: un país estadísticamente mejor equipado para servirle un café que para hospitalizarlo. Un país frívolo. Un país condenado. Y sin embargo, ese mismo país lidera el mundo en donación de órganos desde hace más de tres décadas, sostiene uno de los sistemas públicos de salud más admirados del planeta, y está proyectado por The Lancet para alcanzar en 2040 la esperanza de vida más alta de la Tierra: 85,8 años, por delante de Japón. Aquí hay un misterio. Y los misterios —a diferencia de los problemas— no se resuelven: se habitan. Empecemos por los hechos, porque los hechos, cuando se acumulan, dejan de ser anécdota y se vuelven síntoma. España tiene un bar por cada 175 personas, aproximadamente; Estados Unidos, uno por cada 500. Hay aldeas de quince habitantes con tres bares —doscientos bares por cada mil almas, una densidad que haría sonrojar a cualquier planificador urbano—. El restaurante en funcionamiento más antiguo del mundo no está en París ni en Kioto: está en Madrid, y sirve cochinillo desde 1725. El himno nacional no tiene letra oficial; en los estadios, la gente simplemente tararea. Ahora crucemos estos datos con los otros: liderazgo mundial ininterrumpido en trasplantes de órganos desde 1992; la segunda red ferroviaria de alta velocidad del planeta —solo China tiene más—; 677 playas con bandera azul en 2026, más que ningún otro país; una esperanza de vida que ya ronda los 84 años y que sigue subiendo mientras la de otras potencias desciende. La pregunta obvia sería: ¿cómo es posible que un país que dedica tanto tiempo a estar sentado en un bar viva tanto y tan bien? Pero la pregunta obvia es casi siempre la pregunta equivocada. La pregunta verdadera es otra: ¿y si vive tanto precisamente porque dedica tanto tiempo a estar sentado en un bar? La palabra convivir viene del latín convivere: vivir con. De ahí también convivium, que para los romanos no era una reunión cualquiera sino el banquete —el acto sagrado de comer juntos—. El español conserva esa raíz en una palabra que casi ningún otro idioma puede traducir sin perder algo esencial: convivencia. El bar español es la infraestructura física de la convivencia. No es un lugar para beber —eso es un malentendido anglosajón—. Es el lugar donde el jubilado lee el periódico en voz alta, donde el médico y el albañil discuten de fútbol en pie de igualdad, donde la viuda desayuna acompañada sin necesidad de pedir compañía. Es —en el lenguaje del sociólogo Ray Oldenburg— el tercer lugar: ni casa ni trabajo, sino ese espacio intermedio donde la vida social respira. Otros países tuvieron sus terceros lugares y los dejaron morir. El pub inglés cierra por miles cada año. La cafetería americana fue reemplazada por el drive-through, esa metáfora perfecta de una civilización que ya no se detiene ni para comer. España, contra todo pronóstico —contra la lógica del rendimiento, contra la teología de la productividad, contra el algoritmo—, mantuvo abiertas las puertas. No fue una política pública. Fue algo más profundo: una convicción no escrita de que la vida sin plaza, sin sobremesa, sin ese vermut que no lleva a ninguna parte, no es vida más eficiente. Es simplemente menos vida. La ciencia tardó décadas en alcanzar lo que el bar español sabía desde siempre. En 2010, la psicóloga Julianne Holt-Lunstad publicó un metaanálisis que examinó a más de 300.000 personas y llegó a una conclusión que debería haber cambiado la medicina: la falta de conexión social aumenta el riesgo de mortalidad tanto como fumar quince cigarrillos al día. Más que la obesidad. Más que el sedentarismo. El estudio de Harvard sobre el desarrollo adulto —ochenta y cinco años siguiendo a las mismas familias— llegó al mismo puerto por otra ruta: el mejor predictor de una vejez sana y feliz no es el colesterol ni la cuenta bancaria. Son las relaciones. Occidente respondió a estos hallazgos como responde a todo: convirtiendo la conexión humana en otro ítem de la lista de tareas. Aplicaciones para hacer amigos. Ministerios de la Soledad. Retiros de bienestar donde ejecutivos agotados pagan fortunas por sentarse en círculo con desconocidos. España no necesitó el metaanálisis. Su población camina porque las ciudades fueron hechas para el cuerpo humano y no para el automóvil. Come tarde y acompañada porque la mesa es un altar, no una estación de recarga. Y cuando un español muere, sus órganos salvan más vidas que en ningún otro lugar del mundo —no por eficiencia burocrática, sino porque un pueblo que ha convivido de verdad entiende, sin que nadie se lo explique, que el cuerpo del otro también es asunto suyo. He aquí la inversión que propongo: la longevidad española no es un logro sanitario con un estilo de vida agradable como decoración. Es al revés. El sistema de salud es la formalización institucional de algo anterior —el hábito milenario de cuidarse los unos a los otros—. Primero fue el bar; después, el hospital. Primero la convivencia; después la sanidad. No se vive más porque uno se cuida más. Uno se cuida más porque tiene razones —rostros, voces, sobremesas— para seguir viviendo. Vivimos bajo el imperio de la optimización. Anillos que miden el sueño. Relojes que cuentan los pasos. Dietas diseñadas por inteligencia artificial. Una industria de la longevidad que promete añadir años a la vida de hombres que hace tiempo dejaron de preguntarse para qué la quieren. Y los resultados están a la vista: las sociedades más obsesionadas con la salud son, con frecuencia, las más enfermas de soledad. La esperanza de vida norteamericana retrocede mientras sus gimnasios se multiplican. Se ha logrado la proeza de convertir el cuidado de sí en otra forma de aislamiento: cada cual optimizándose a solas, midiendo a solas, envejeciendo a solas. España es el contraejemplo viviente. Un país que —según todos los indicadores de la religión productivista— hace todo mal: come tarde, cena a las diez, alarga las sobremesas, tararea su himno porque nunca se puso de acuerdo en la letra, y detiene el país entero una hora para lanzarse tomates en un pueblo de nueve mil habitantes. Un país que vive en el huso horario equivocado —el de Berlín, no el de Greenwich que le corresponde por geografía— y que convirtió ese error en una hora extra de luz para la vida de la calle. Todo mal. Y todo bien. Porque la vida humana no es un problema de ingeniería sino una obra —un opus— que se hace con otros o no se hace. Usted no necesita mudarse a Madrid. Necesita algo más difícil: recuperar en su propia vida lo que estos datos señalan. Un tercer lugar. Una mesa que no se levanta apurada. Una conversación que no produce nada y por eso mismo lo produce todo. La pregunta no es cuántos años va a vivir. La pregunta es cuánta vida van a tener sus años. Hay una vieja imagen mediterránea: el dios Dioniso llegando a las ciudades ordenadas, y los reyes prudentes cerrándole las puertas —y pereciendo por ello— , mientras los pueblos que le abrieron la puerta y le sirvieron vino sobrevivieron a sus propios imperios. España le abrió la puerta hace siglos y nunca volvió a cerrarla. Le puso una barra, un plato de aceitunas, una silla en la plaza. Y el dios, agradecido, le concedió lo que niega a los pueblos que solo saben calcular: años, sí —pero años con rostro humano. Contra todo pronóstico. O quizás —esta es la sospecha que dejo en su mesa, junto al café— conforme al único pronóstico que siempre estuvo escrito: que sobrevive mejor quien mejor convive. Salud.
viernes, 24 de julio de 2026
CULPA O RESPONSABILIDAD?
Un niño de 5 años, deja caer accidentalmente, una botella de cristal de Orangine sobre los graderíos de cemento del estadio del Ejido, o del Arbolito. La botella choca, salta y se fragmenta en pedazos. El niño llora. Su padre lo consuela, le explica que es un accidente, y que no tiene importancia.
El niño sigue llorando. Tal vez por miedo, o por verguenza. Nunca había sido castigado con violencia o maltratado.
Sin embargo llora.
Ese niño era yo.
Es mi primera noción de sentir culpa.
La culpa, muy católica, es un sentimiento negativo y que entorpece en vez de permitir aprender de un error, o de enmendar. Es el miedo.
Tal vez lo más sano es sentir responsabilidad.
jueves, 23 de julio de 2026
MAGIA VESPERTINA
domingo, 19 de julio de 2026
sábado, 18 de julio de 2026
JULIETTE BINOCHE
Epítome de la belleza, desenfadada, humilde, bien humorada, activista, actriz.
Además de haber ganado un Oscar, los premios de Cannes, Berlín, el César, La palma de oro del festival de Venecia.
De un fino sentido del humor característico de las personas de gran inteligencia, se ríe de si misma un
"Dix per cent", (o " llamen a mi agente!"). Activista insobornable. Mujer entera. Tesoro de su linaje.
miércoles, 15 de julio de 2026
POEMA XX PABLO NERUDA
Poema XX " - (Pablo Neruda).
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
¡Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos!
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
¡Qué importa que mi amor no pudiera guardarla!
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Yo no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise..
Mi voz buscaba al viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.




