Quien la recorre, la recorre siempre como la vez primera.
Descubrirla desierta y empedrada, sin tráfico de carros, ni ambulantes,
llena de mágicos rincones, donde el dulce aroma del cacao, se convierte
en placenteros chocolates en mi boca, donde la mitad brillante de la luna,
es una fuente de plata luminosa , colgada del cielo sobre el monte, ahora silueta negra
sobre fondo obscuro.
Las cúpulas majestuosas que coronan las iglesias coloniales, se levantan al lado de plazas nítidas adoquinadas.
Casas de más de 300 años, con patios interiores, se han convertido en hoteles hospitalarios y agradables, donde el ruido de las calles ha quedado marginado, y el sonido claro del silencio reina.
En la Casa del Higo, toca el hijo de Humberto Santacruz, nuestra música andina y reflexiva.
A pesar de los pocos caminantes, siempre pasa algo en esos barrios centenarios.
Y la compañía inmejorable de Mario Francisco Chancay, inteligente, generoso,
Me retrotrae a los tiempos, que con su padre compartimos.
Parece que he encontrado, una secreta región con mil pasados, cargados de presentes.Que la magia vesperal que ha retornado, y que la tengo al alcance de mi mano.
Es la amistad que sigue viva.
Es un mundo tranquilo preservado.

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