miércoles, 1 de junio de 2016

OSCAR WILDE: EL GIGANTE EGOISTA

CUENTOS

El Gigante Egoísta - Oscar Wilde


Todas las tardes, a la salida de la escuela, los niños se habían acostumbrado a ir a jugar al jardín del gigante. Era un jardín grande y hermoso, cubierto de verde y suave césped. Dispersas sobre la hierba brillaban bellas flores como estrellas, y había una docena de melocotones que, en primavera, se cubrían de delicados capullos rosados, y en otoño daban sabroso fruto.

Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan deliciosamente que los niños interrumpían sus juegos para escucharlos.

-¡Qué felices somos aquí!- se gritaban unos a otros.

Un día el gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo, el ogro de Cornualles, y permaneció con él durante siete años. Transcurridos los siete años, había dicho todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños jugando en el jardín.

-¿Qué estáis haciendo aquí?- les gritó con voz agria. Y los niños salieron corriendo.

-Mi jardín es mi jardín- dijo el gigante. -Ya es hora de que lo entendáis, y no voy a permitir que nadie mas que yo juegue en él.

Entonces construyó un alto muro alrededor y puso este cartel:
Prohibida la entrada.
Los transgresores serán
procesados judicialmente.

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ahora donde jugar.

Trataron de hacerlo en la carretera, pero la carretera estaba llena de polvo y agudas piedras, y no les gustó.

Se acostumbraron a vagar, una vez terminadas sus lecciones, alrededor del alto muro, para hablar del hermoso jardín que había al otro lado.

-¡Que felices éramos allí!- se decían unos a otros.

Entonces llegó la primavera y todo el país se llenó de capullos y pajaritos. Solo en el jardín del gigante egoísta continuaba el invierno.

Los pájaros no se preocupaban de cantar en él desde que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. Solo una bonita flor levantó su cabeza entre el césped, pero cuando vio el cartel se entristeció tanto, pensando en los niños, que se dejó caer otra vez en tierra y se echó a dormir.

Los únicos complacidos eran la Nieve y el Hielo.

-La primavera se ha olvidado de este jardín- gritaban. -Podremos vivir aquí durante todo el año

La Nieve cubrió todo el césped con su manto blanco y el Hielo pintó de plata todos los árboles. Entonces invitaron al viento del Norte a pasar una temporada con ellos, y el Viento aceptó.

Llegó envuelto en pieles y aullaba todo el día por el jardín, derribando los capuchones de la chimeneas.

-Este es un sitio delicioso- decía. -Tendremos que invitar al Granizo a visitarnos.

Y llegó el Granizo. Cada día durante tres horas tocaba el tambor sobre el tejado del castillo, hasta que rompió la mayoría de las pizarras, y entonces se puso a dar vueltas alrededor del jardín corriendo lo más veloz que pudo. Vestía de gris y su aliento era como el hielo.

-No puedo comprender como la primavera tarda tanto en llegar- decía el gigante egoísta, al asomarse a la ventana y ver su jardín blanco y frío. -¡Espero que este tiempo cambiará!

Pero la primavera no llegó, y el verano tampoco. El otoño dio dorados frutos a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

-Es demasiado egoísta- se dijo.

Así pues, siempre era invierno en casa del gigante, y el Viento del Norte, el Hielo, el Granizo y la Nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana el gigante yacía despierto en su cama, cuando oyó una música deliciosa. Sonaba tan dulcemente en sus oídos que creyó sería el rey de los músicos que pasaba por allí. En realidad solo era un jilguerillo que cantaba ante su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar un pájaro en su jardín, que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el Granizo dejó de bailar sobre su cabeza, el Viento del Norte dejó de rugir, y un delicado perfume llegó hasta él, a través de la ventana abierta.

-Creo que, por fin, ha llegado la primavera- dijo el gigante; y saltando de la cama miró el exterior. ¿Qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha abierta en el muro los niños habían penetrado en el jardín, habían subido a los árboles y estaban sentados en sus ramas. En todos los árboles que estaban al alcance de su vista, había un niño. Y los árboles se sentían tan dichosos de volver a tener consigo a los niños, que se habían cubierto de capullos y agitaban suavemente sus brazos sobre las cabezas de los pequeños.

Los pájaros revoloteaban y parloteaban con deleite, y las flores reían irguiendo sus cabezas sobre el césped. Era una escena encantadora. Sólo en un rincón continuaba siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y allí se encontraba un niño muy pequeño. Tan pequeño era, no podía alcanzar las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor llorando amargamente. El pobre árbol seguía aún cubierto de hielo y nieve, y el Viento del Norte soplaba y rugía en torno a él.

-¡Sube, pequeño!- decía el árbol, y le tendía sus ramas tan bajo como podía; pero el niño era demasiado pequeño. El corazón del gigante se enterneció al contemplar ese espectáculo.

-¡Qué egoísta he sido- se dijo. -Ahora comprendo por qué la primavera no ha venido hasta aquí. Voy a colocar al pobre pequeño sobre la copa del árbol, derribaré el muro y mi jardín será el parque de recreo de los niños para siempre.

Estaba verdaderamente apenado por lo que había hecho.

Se precipitó escaleras abajo, abrió la puerta principal con toda suavidad y salió al jardín.

Pero los niños quedaron tan asustados cuando lo vieron, que huyeron corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno.

Sólo el niño pequeño no corrió, pues sus ojos estaban tan llenos de lágrimas, que no vio acercarse al gigante. Y el gigante se deslizó por su espalda, lo cogió cariñosamente en su mano y lo colocó sobre el árbol. El árbol floreció inmediatamente, los pájaros fueron a cantar en él, y el niño extendió sus bracitos, rodeó con ellos el cuello del gigante y le besó.

Cuando los otros niños vieron que el gigante ya no era malo, volvieron corriendo y la primavera volvió con ellos.

-Desde ahora, este es vuestro jardín, queridos niños- dijo el gigante, y cogiendo una gran hacha derribó el muro. Y cuando al mediodía pasó la gente, yendo al mercado, encontraron al gigante jugando con los niños en el más hermoso de los jardines que jamás habían visto.

Durante todo el día estuvieron jugando y al atardecer fueron a despedirse del gigante.

-Pero, ¿dónde está vuestro pequeño compañero, el niño que subí al árbol?- preguntó.

El gigante era a este al que más quería, porque lo había besado.

-No sabemos contestaron los niños- se ha marchado.

-Debéis decirle que venga mañana sin falta- dijo el gigante.

Pero los niños dijeron que no sabían donde vivía y nunca antes lo habían visto. El gigante se quedó muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaba la escuela, los niños iban y jugaban con el gigante. Pero al niño pequeño, que tanto quería el gigante, no se le volvió a ver. El gigante era muy bondadoso con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y a menudo hablaba de él.

-¡Cuánto me gustaría verlo!- solía decir.

Los años transcurrieron y el gigante envejeció mucho y cada vez estaba más débil. Ya no podía tomar parte en los juegos; sentado en un gran sillón veía jugar a los niños y admiraba su jardín.

-Tengo muchas flores hermosas- decía, pero los niños son las flores más bellas.

 Una mañana invernal miró por la ventana, mientras se estaba vistiendo. Ya no detestaba el invierno, pues sabía que no es sino la primavera adormecida y el reposo de las flores.

De pronto se frotó los ojos atónito y miró y remiró. Verdaderamente era una visión maravillosa. En el más alejado rincón del jardín había un árbol completamente cubierto de hermosos capullos blancos. Sus ramas eran doradas, frutos de plata colgaban de ellas y debajo, de pie, estaba el pequeño al que tanto quiso.

El gigante corrió escaleras abajo con gran alegría y salió al jardín. Corrió precipitadamente por el césped y llegó cerca del niño. Cuando estuvo junto a él, su cara enrojeció de cólera y exclamó:

- ¿Quién se atrevió a herirte?- Pues en las palmas de sus manos se veían las señales de dos clavos, y las mismas señales se veían en los piececitos.

-¿Quién se ha atrevido a herirte?- gritó el gigante. -Dímelo para que pueda coger mi espada y matarle.

-No- replicó el niño, pues estas son las heridas del amor.

-¿Quién eres?- dijo el gigante; y un extraño temor lo invadió, haciéndole caer de rodillas ante el pequeño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

-Una vez me dejaste jugar en tu jardín, hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el Paraíso.

Y cuando llegaron los niños aquella tarde, encontraron al gigante tendido, muerto, bajo el árbol, todo cubierto de capullos blancos.

domingo, 29 de mayo de 2016

28 DE MAYO DE 1944: LA GLORIOSA"


Carlos Arroyo del Río, liberal, apoyado en la represión favorece descaradamente los intereses de

la plutocracia guayaquileña, banqueros y agroexportadores. La situación del país es ruin.

Pierde la guerra contra el Perú, se ve forzado a firmar el protocolo de Río de Janeiro y consigue

lo que ni el terremoto ni las tropelías de Alianza Pais.

Unir a la oposición. Que lo depone y trae en hombros a Velasco.

Un año después, este demagogo se vira. Pasó hace 72 años que se cumplieron ayer.

Parece que la gente lo ha olvidado. Yo no.

viernes, 27 de mayo de 2016

VICTOR HEREDIA: SOBREVIVIENDO

Sobreviviendo - Víctor Heredia

Comparto esta canción mediante inserción oficial de YouTube, respetando los derechos de autor y sin alojar el archivo de audio en este sitio.

El contenido musical pertenece a sus respectivos autores, intérpretes, productores y titulares de derechos. Este blog no aloja ni distribuye el archivo de audio.

JOAQUIN SABINA: 19 DÍAS Y 500 NOCHES


CHICO BUARQUE DE HOLLANDA : MULHERES DE ATENAS



FREUD Y EL SEXO



Freud y el sexo

No sé por qué en este país hay una aversión tan tremenda hacia el doctor Freud, cuyo 160º cumpleaños se acaba de conmemorar

No sé por qué en este país hay una aversión tan tremenda hacia el doctor Freud —cuyo 160º cumpleaños se acaba de conmemorar—, con lo necesitados que estamos de una buena terapia en el diván. Pero nos parece una pérdida de tiempo y preferimos ponernos ciegos de Prozac —o sus equivalentes de nueva generación—, apuntarnos a yoga o, a lo más, hacer una terapia rapidita, de medio pelo, sin tumbarse, yendo a tomar un café con el terapeuta si se tercia. A veces, escuchando a mis amigos de vuelta de la terapia con sus comentarios desenfadados —“les ha quedado muy mono el gabinete”—, me parece que soy más freudiana que los freudianos —qué pasada de moda debo de estar—.

No entiendo bien por qué: lo cierto es que Freud cae mal. Le pasó a Breton, el pope surrealista, cuando, tras haber leído con fruición los escritos psicoanalíticos —y haberlos adoptado para crear un mundo gobernado por el inconsciente—, consiguió ser recibido por el doctor en su casa de Viena en 1921. Breton esperaba que Freud cayera rendido en sus brazos —“por fin mis teorías del inconsciente adoptadas por los surrealistas”—. No fue así. Me puedo imaginar la rabieta de Breton, tan egocéntrico como excelente escritor. Años más tarde recordaba su paso por Viena en Littérature explicando la “apariencia mediocre de la casa” , la vulgaridad de la criada y la poca consistencia del profesor, al que define como “viejecito fachendoso”. Dalí también le visitaría, ya exilado en Londres, y trataría de impresionarle sin mucho éxito —con el subsiguiente enfado del catalán—. Las malas lenguas dicen incluso que Freud se limitó a decir lo fanático que le parecía.

Y, pese a todo, sin Freud no existiría la producción de los surrealistas: ni Nadja de Breton —y, si me apuran, tampoco la Maga de Cortázar, que bebe directamente de Nadja—, ni Un perro andaluz, ni el método paranoico-crítico. Imagino que algunos de ustedes estarán pensando que vaya credenciales; que, en lugar de mejorar la imagen, tales compañías la empeoran. Aunque, ¿y la codificación del inconsciente y los sueños? No me dirán que eso tampoco les convence…

Confieso que leo a Freud con devoción, a pesar de reconocer que, médico al fin del XIX, deja sin resolver, por ejemplo, la construcción de la subjetividad femenina. Sus textos me parecen inteligentes, interesantes, hasta divertidos a veces. Será por pura solidaridad con el pobre padre del psicoanálisis, para muchos una equivocación en la historia de la humanidad que hay que olvidar. Un antiguo, un obseso que ve sexo en cada cosa, repite la sabiduría popular… Aquí citaría a la psicoanalista de un amigo que, acusada por su paciente de ver símbolos sexuales por todas partes, le respondió resolutiva que estaba equivocado, que quien los veía era él. En todo caso y pese a quien pese, Freud está incorporado a nuestra cultura por todos, incluidos sus detractores, inconscientemente.

Además, es mentira que Freud viera símbolos sexuales por todos lados. Igual estaban en los ojos de los que miran, como ha ocurrido con Megumi Igarashi, la “artista de la vagina”, cuya propuesta era la reproducción en 3D de su órgano en un kayak, que le ha valido la multa del Gobierno japonés por envío de datos obscenos durante su campaña de crowfunding. Mirando el kayak ya construido, la cosa parece más bien inofensiva —hay veces que una pipa es sólo una pipa, dijo Freud—. No sé, igual tenía razón la psicoanalista de mi amigo al insistir en que era él quien veía los símbolos sexuales por doquier.

LA ROSA DE HIROSHIMA (II)


http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/24/actualidad/1464089684_484295.html


¿Fue legítimo lanzar la bomba atómica contra Hiroshima?

Los historiadores de la II Guerra Mundial siguen debatiendo sobre los motivos que llevaron a Truman a utilizar este arma en Japón

El lanzamiento por parte de Estados Unidos de dos bombas atómicas contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, causó un sufrimiento humano difícil de imaginar e imposible de medir. Muchos historiadores consideran que fue una decisión inevitable ante la negativa de Japón a rendirse, una especie de atroz mal menor ante la posibilidad de que el conflicto se prolongase durante meses. Sin embargo, otros expertos creen que fue un ataque estratégico, un mensaje a la URSS cuando Japón, arrasado por los bombardeos convencionales, se encontraba al borde de la capitulación.

La visita de Obama a Hiroshima este viernes, la primera de un presidente estadounidense a la ciudad borrada del mapa el 6 de agosto de 1945, ha reabierto un debate que va mucho más allá de la historia, sino que se adentra en dilemas difíciles de evaluar en tiempos de paz y en la ética y las normas de las guerras (si estas palabras no representan una contradicción en sí). La Casa Blanca ha dejado claro que el presidente no pedirá perdón por el lanzamiento de la bomba, pero la visita es un reconocimiento del dolor que causó el ataque.

Es imposible medir con los parámetros actuales la situación del verano de 1945. En mayo, los nazis habían presentado la capitulación incondicional en Europa, un continente totalmente arrasado. Los bombardeos masivos contra poblaciones llenas de civiles fueron una estrategia de los dos bandos: ciudades como Dresde, Berlín, Coventry o Caen, en las semanas posteriores al Día D, eran montañas de escombros cuyas ruinas todavía escondían cadáveres. La lectura de la obra maestra del escritor alemán W.G. Sebald Sobre una historia natural de la destrucción (Anagrama) es un espeluznante relato de aquellas tormentas de fuego que el mariscal del aire británico Arthur Harris lanzó contra Alemania.

Los ataques con bombas incendiarias convencionales eran tan devastadores que el peor bombardeo que sufrió Japón fue el de Tokio, que costó la vida a 100.000 personas en la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, cuando 330 bombarderos B-29 destruyeron la capital de Japón. Se trata del bombardeo más devastador de la historia. En Hiroshima murieron 140.000 personas, muchas de ellas por la radiación en los días posteriores, y en Nagasaki, 64.000.

La desconfianza entre los antiguos aliados estaba a punto de transformarse en la Guerra Fría –Churchill pronunció su famoso discurso del Telón de Acero en marzo de 1946–. En ese contexto, Estados Unidos estaba llevando a cabo una sangrienta guerra en el Pacífico. Como recuerda el historiador estadounidense Francis Pike, que publicó en 2015 Hirohito’s war, sólo en la batalla de Okinawa, entre marzo y junio de 1945, murieron 12.000 estadounidenses que se enfrentaron a 80.000 japoneses –en las playas de Normandía murieron 2.499–. “El Alto Estado Mayor estimó que la conquista de las principales islas de Japón podría costar 267.000 vidas estadounidenses, mientras que el Departamento de Guerra calculó que esta cifra podría elevarse hasta las 800.000, más del doble de los soldados de EEUU muertos en combate en Europa”, escribió Pike, que forma parte de los historiadores que creen que Japón no tenía la más mínima intención de rendirse.

La revista de historia de la BBC realizó una encuesta en agosto de 2015, cuando se conmemoró el 70º aniversario del lanzamiento de la bomba atómica, entre los principales historiadores occidentales de la II Guerra Mundial sobre la justificación de un ataque tan devastador, cuyas consecuencias eran, además, imposibles de medir por los efectos de la radiación. Antony Beevor, el investigador más conocido del periodo, aseguraba en aquellas páginas: “Pocas acciones en una guerra son moralmente justificables. Todo lo que puede hacer cualquier comandante en jefe es tratar de establecer si una orden puede reducir el número de víctimas. Ante la decisión japonesa de no rendirse, el presidente Truman tenía muy pocas opciones”.

Richard Overy, autor de Por qué ganaron los aliados entre otras obras sobre el conflicto, sostiene en cambio que no fue una decisión “moral sabiendo que la bomba mataría a civiles y, sobre todo, no era necesaria”. “Japón estaba militarmente acabada y un bloqueo y más destrucción urbana hubiesen provocado una rendición en agosto o septiembre”, agregó. Robert James Maddox, autor de Hiroshima in history. The myths of revisionism, sostiene por su parte: “El uso de bombas atómicas fue horrible, pero estoy de acuerdo con el secretario de Defensa de EEUU: ‘Era la última y horrible elección’. Una invasión convencional y bombardeos constantes eran los otros caminos. Por lo tanto, las bombas atómicas salvaron la vida a miles de americanos y millones de japoneses”.

Martin J. Sherwin, autor de American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J Robert Oppenheimer, señaló en cambio en la misma serie de entrevistas: “No, Japón se hubiese rendido de todos modos. Al tirar la bomba atómica, EEUU lanzó al mundo el mensaje de que las armas nucleares eran legítimas en una guerra”.

Las divisiones entre los historiadores se reducen al final a dos argumentos: lanzar la bomba era necesario para evitar la invasión y precipitar la capitulación de Japón o era un crimen de guerra porque la bomba atómica no tenía nada que ver con la rendición de Hirohito, sino con el creciente enfrentamiento con la URSS. Pocos, en cambio, discuten la legitimidad de utilizar un arma de consecuencias devastadoras en una guerra durante la que se rompió cualquier concepto de lo que era moral o inmoral para derrotar a un enemigo que, nunca se puede olvidar, cometió crímenes tan salvajes que fue necesario inventar una nueva palabra, genocidio, para describirlos.