Cuando yo tenía 7 u 8 años nos regalaron una cachorrita colorada, roja , que al crecer se tornó una perra preciosa, mansa, cariñosa y fiel, grande y llena de energía , perra de caza y de casa.
Como todo niño y creo que como todo el mundo, amaba a la bella Setter Irlandesa, a quien, por su pelaje
mi madre la bautizó como Polichinela, una figura de las marionetas napolitana, que inspiraron una obra musical ,"pulcinella", y unas coplas que cantaba Sarita Montiel, "La Polichinela".
Era muy enérgica, corría, y tenía el hábito de ir a la tienda de la esquina entre Iralanda y 6 de Diciembre, y se comía una o dos palanquetas del dueño de la tienda que la veía con muy malos ojos, así que fuimos con mi padre y le dijimos al dueño de la tienda que como era muy difícil detener a esa cinta de fuego, nosotros le pagaríamos todo el pan que la inquieta mascota se comiera.
Yo tenía 11 años, un día volvió de sus fechorías, convulsionó y murió y envenenada. Yo muerto de tristeza, me fuí a clases en el bus de recorrido de la Escuela Espejo.
Al regresar a la tarde ya la habían enterrado en el jardín.
La recuerdo en su hermosura, su bondad y su inociencia. Y aún me duele su muerte.
Prefiero recordarla en su exsultante belleza y en su mirada dulce.
Ya el tiempo se encargó de pasarle la factura al tendero.

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