acostada como un monstruo de roca y nieve al lado de la
ciudad mágica.
Riobamba, en la sierra central de nuestros Andes, se
extiende a sus pies.
Cómo no va a ser mágica. Con sus calles ordenadamente
adoquinadas con piedras que han quedado planas, gracias al eterno beso del agua
de los ríos.
Yo trabajé allí nueve semanas y media, en 1981.
El alcalde era el Doctor Edelberto Bonilla Oleas, que
trabajó incansablemente
en la ciudad donde se había suprimido el triste lunes. Si.
Se trabajaba de martes a sábado,
y se descansaba domingo y lunes. Y el viernes no dejaba de
ser viernes. Había un
celemín de parques. Yo atravesaba el parque Infantil, por donde
pasaba un tren,
que se anunciaba con su sonoro pito de vapor. Al lado del
Estadio Olímpico de Riobamba donde jugaba el club Centro Deportivo Olmedo, que
quedó campeón
nacional en el 2000.
El Hospital del Seguro donde mi tutor era el doctor Rafael
Layedra. Un clínico de postín.
La belleza de sus plazas, la del enorme edificio del
Colegio, Pedro Vicente Maldonado, con su plaza de Neptuno y las focas de cobre.
La plaza colorada. La Catedral. El edificio secular del
Correo Nacional.
La Loma de Quito, adonde se subía, para ver con un catalejo
al enorme nevado, colocando una moneda de 50 centavos de sucre.
La comida era magnífica. Las tortillas
de maíz en piedra de
unas dos hermanas,
Incomparablemente buenas, las de papa en la calle Montalvo. La
fritada de
Guano, donde las cabuyas en la carretera , habrían de
convertirse en bellas alfombras. El hornado de cerdo del mercado de La Merced.
Los alcaldes, sin importar su tienda política, Edelberto
Bonilla, Fernando Guerrero, Abraham Romero, estaban al servicio de los
ciudadanos, como fue su deber, y nunca despareció un centavo. Eso fue hace
cuarenta y cinco años.
Y la gente, no podía ser más amable, colaboradora y generosa.
Los teléfonos tenían cuatro dígitos, y había una Plaza de
Toros, “Raul Dávalos” , donde toreaba Mariano Cruz, y otros espadas españoles
en las fiestas del 21 de Abril.
Cómo no delirar en el Chimborazo?

Hola, mi querido Eduardo. En esa sencilla y preciosa ciudad viví hasta mi mediana adolescencia. Allí aprendí a vivir, encaminado por mis padres y los salesianos. Las profundas lecciones de entonces han seguido guiando mi vida hasta ahora, desde luego con todas las variantes y aditamentos que las nuevas y múltiples experiencias han ido agregando. Me halaga sobremanera que conserves gratos recuerdos de tu permanencia allí, no sólo de las galas turísticas sino, sobre todo, de su gente. La nobleza de tu corazón ha permitido que las aprecies en su real dimensión. Lindo relato. Un abrazo
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