En octubre de 1955, en la ciudad de Nueva York, mi padre, Eduardo Larrea Stacey, me lleva en brazos
a una iglesia católica, para que me bauticen
Me quitarían el pecado original. Mal negocio.
Si no me bautizaban, podía llevar una vida disipada, y al morir no iría al ardiente infierno, sino al cómodo limbo.
No sería que bastaba con el infinito amor de mi padre, para borrarme todos los inexistentes pecados?

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