jueves, 12 de mayo de 2016

DILMA ROUSSEF : UNA MUJER DE UNA SOLA PIEZA


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Rousseff, expresidenta de una pieza
La mandataria brasileña, de un explosivo carácter, vivirá ahora exiliada en su propio palacioHace unos meses, cuando el

impeachment era una amenaza aún borrosa, muchos especialistas políticos aseguraban que en caso de que Rousseff fuera

apartada del poder, ésta renunciaría, más pronto o más tarde, harta de sentirse derrotada. Hoy, pocos dudan de que llegará

hasta el final del juicio político, de que permanecerá los 180 días exiliada en su propio palacio con la intención última

de regresar, con la certidumbre de que va a regresar. Es cuestión de carácter. Lo explicó un asesor cercano hace meses:

"Dilma Rousseff se crece con la presión. Cuanto más la presionan, más tranquila y centrada se siente". Y añadió: "Es una

cuestión de carácter".

Una tarde de abril de 2009, en Belo Horizonte (Minas Gerais), Rousseff, después de que un médico le avisase por teléfono

de que padecía un cáncer –curable, pero cáncer-, se quedó mirando a su secretario y con una perfecta calma le dijo: "La

vida no es fácil. Nunca lo ha sido".

Procede de una buena familia de Belo Horizonte. La recuerdan como una niña seria, estudiosa, tenaz y memoriosa. A los

veinte años se unió a la formación clandestina de extrema izquierda Política Obrera. Fue entrenada para disparar y montar

bombas. La temible policía brasileña de la dictadura la detuvo y torturó durante veinte días. Recibió tantos golpes en la

cara que se desencajó la mandíbula. Pero no reveló nunca la dirección de la casa que compartía con su compañera Celeste.

Jamás habló. Se mantuvo firme. Hay una ficha de la Delegación de la Policía referente a esta detención En ella aparece

Rousseff, joven, con el pelo rizado, con gafas de pasta de miope, sosteniendo el número de su filiación. En uno de los

apartados se dice "No está arrepentida". La vida no es fácil.

Pero esa misma personalidad férrea y ese carácter irreductible, terco, recto y poco dado a la improvisación ha sido

determinante, tanto como la crisis económica o su creciente falta de popularidad, en el desarrollo del impeachment que hoy

la aparta del poder, según varios expertos. "Ella es rigorista, no se sale del guión preciso, es una tecnócrata, no una

política, se encierra en el Palacio, entre informes, no le gusta mucho el contacto con los diputados o los representantes

de los movimientos sociales, y eso ha sido determinante para que al final el Congreso le dé la espalda", asegura el

especialista político brasileño Ruda Ricci.

En la política brasileña, con casi treinta partidos diferentes, en los que las ideologías se confunden muchas veces,

formar una coalición estable de Gobierno es un puro ejercicio de malabarismo y de mano izquierda. Hay que saber dar,

recibir, halagar y transigir. El predecesor en el cargo de Rousseff, su mentor y la persona que la eligió, Luiz Inácio

Lula da Silva, sabía hacerlo mejor: fue un negociador hábil, capaz de encantar a la vez a sus seguidores y a los

contrarios.

Le gusta leer, al contrario que su mentor Lula, que no es muy amigo de los libros. Pero a diferencia de él, carece de

carisma, se traba al hablar y se hace muchas veces líos con las palabras y con las cifras al hablar en público. En Brasil

aseguran que existe el Dilmês, un lenguaje propio de la presidenta que es difícil entender por el resto de la población.

Durante su segundo mandato, Brasil se ha hundido en la peor crisis económica de su historia moderna, la inflación ha

vuelto a ser un problema para el país, el paro ha escalado hasta casi llegar al 10% y las agencias de riesgo han rebajado

su calificación a la de bono basura. Ella admite pocos errores y culpa, sobre todo, a las distintas circunstancias

económicas mundiales para explicar el descalabro. No le gusta que la corrijan, ni que le digan que no tiene razón, ni que

no se hagan las cosas a su modo. Las personas que trabajan para ella la temen por su irascibilidad: es capaz de arrojar un

ordenador de un colaborador contra la pared si no encuentra en él la respuesta exigida.

Enjuiciada por un Congreso y un Senado poblado de parlamentarios acusados de corrupción (más del 60% de los diputados y

senadores tienen cuentas pendientes con la justicia), a Rousseff y a su familia nadie le ha encontrado nada turbio. En un

país en el que el robo de las cuentas públicas es una costumbre tan extendida como la samba, la antigua guerrillera no se

ha embolsado un real, que se sepa. Aunque los críticos recuerdan que fue ministra de Minas y Energía y presidenta del

Consejo de Administración de Petrobras en los años en que se expolió a la petrolera a base de sobornos y que o bien hizo

la vista gorda, o bien no se enteró de nada.

Ahora vivirá una vida extraña confinada en su propio palacio, sin acceso a su despacho ni a sus funciones de presidenta,

obligada a ver cómo su antiguo aliado y ahora su enemigo, Michel Temer, ejerce de presidente y ocupa sus oficinas. No va a

ser fácil. Nunca lo fue.

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