viernes, 27 de mayo de 2016

JOAQUIN SABINA: 19 DÍAS Y 500 NOCHES


CHICO BUARQUE DE HOLLANDA : MULHERES DE ATENAS



FREUD Y EL SEXO



Freud y el sexo

No sé por qué en este país hay una aversión tan tremenda hacia el doctor Freud, cuyo 160º cumpleaños se acaba de conmemorar

No sé por qué en este país hay una aversión tan tremenda hacia el doctor Freud —cuyo 160º cumpleaños se acaba de conmemorar—, con lo necesitados que estamos de una buena terapia en el diván. Pero nos parece una pérdida de tiempo y preferimos ponernos ciegos de Prozac —o sus equivalentes de nueva generación—, apuntarnos a yoga o, a lo más, hacer una terapia rapidita, de medio pelo, sin tumbarse, yendo a tomar un café con el terapeuta si se tercia. A veces, escuchando a mis amigos de vuelta de la terapia con sus comentarios desenfadados —“les ha quedado muy mono el gabinete”—, me parece que soy más freudiana que los freudianos —qué pasada de moda debo de estar—.

No entiendo bien por qué: lo cierto es que Freud cae mal. Le pasó a Breton, el pope surrealista, cuando, tras haber leído con fruición los escritos psicoanalíticos —y haberlos adoptado para crear un mundo gobernado por el inconsciente—, consiguió ser recibido por el doctor en su casa de Viena en 1921. Breton esperaba que Freud cayera rendido en sus brazos —“por fin mis teorías del inconsciente adoptadas por los surrealistas”—. No fue así. Me puedo imaginar la rabieta de Breton, tan egocéntrico como excelente escritor. Años más tarde recordaba su paso por Viena en Littérature explicando la “apariencia mediocre de la casa” , la vulgaridad de la criada y la poca consistencia del profesor, al que define como “viejecito fachendoso”. Dalí también le visitaría, ya exilado en Londres, y trataría de impresionarle sin mucho éxito —con el subsiguiente enfado del catalán—. Las malas lenguas dicen incluso que Freud se limitó a decir lo fanático que le parecía.

Y, pese a todo, sin Freud no existiría la producción de los surrealistas: ni Nadja de Breton —y, si me apuran, tampoco la Maga de Cortázar, que bebe directamente de Nadja—, ni Un perro andaluz, ni el método paranoico-crítico. Imagino que algunos de ustedes estarán pensando que vaya credenciales; que, en lugar de mejorar la imagen, tales compañías la empeoran. Aunque, ¿y la codificación del inconsciente y los sueños? No me dirán que eso tampoco les convence…

Confieso que leo a Freud con devoción, a pesar de reconocer que, médico al fin del XIX, deja sin resolver, por ejemplo, la construcción de la subjetividad femenina. Sus textos me parecen inteligentes, interesantes, hasta divertidos a veces. Será por pura solidaridad con el pobre padre del psicoanálisis, para muchos una equivocación en la historia de la humanidad que hay que olvidar. Un antiguo, un obseso que ve sexo en cada cosa, repite la sabiduría popular… Aquí citaría a la psicoanalista de un amigo que, acusada por su paciente de ver símbolos sexuales por todas partes, le respondió resolutiva que estaba equivocado, que quien los veía era él. En todo caso y pese a quien pese, Freud está incorporado a nuestra cultura por todos, incluidos sus detractores, inconscientemente.

Además, es mentira que Freud viera símbolos sexuales por todos lados. Igual estaban en los ojos de los que miran, como ha ocurrido con Megumi Igarashi, la “artista de la vagina”, cuya propuesta era la reproducción en 3D de su órgano en un kayak, que le ha valido la multa del Gobierno japonés por envío de datos obscenos durante su campaña de crowfunding. Mirando el kayak ya construido, la cosa parece más bien inofensiva —hay veces que una pipa es sólo una pipa, dijo Freud—. No sé, igual tenía razón la psicoanalista de mi amigo al insistir en que era él quien veía los símbolos sexuales por doquier.

LA ROSA DE HIROSHIMA (II)


http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/24/actualidad/1464089684_484295.html


¿Fue legítimo lanzar la bomba atómica contra Hiroshima?

Los historiadores de la II Guerra Mundial siguen debatiendo sobre los motivos que llevaron a Truman a utilizar este arma en Japón

El lanzamiento por parte de Estados Unidos de dos bombas atómicas contra las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, causó un sufrimiento humano difícil de imaginar e imposible de medir. Muchos historiadores consideran que fue una decisión inevitable ante la negativa de Japón a rendirse, una especie de atroz mal menor ante la posibilidad de que el conflicto se prolongase durante meses. Sin embargo, otros expertos creen que fue un ataque estratégico, un mensaje a la URSS cuando Japón, arrasado por los bombardeos convencionales, se encontraba al borde de la capitulación.

La visita de Obama a Hiroshima este viernes, la primera de un presidente estadounidense a la ciudad borrada del mapa el 6 de agosto de 1945, ha reabierto un debate que va mucho más allá de la historia, sino que se adentra en dilemas difíciles de evaluar en tiempos de paz y en la ética y las normas de las guerras (si estas palabras no representan una contradicción en sí). La Casa Blanca ha dejado claro que el presidente no pedirá perdón por el lanzamiento de la bomba, pero la visita es un reconocimiento del dolor que causó el ataque.

Es imposible medir con los parámetros actuales la situación del verano de 1945. En mayo, los nazis habían presentado la capitulación incondicional en Europa, un continente totalmente arrasado. Los bombardeos masivos contra poblaciones llenas de civiles fueron una estrategia de los dos bandos: ciudades como Dresde, Berlín, Coventry o Caen, en las semanas posteriores al Día D, eran montañas de escombros cuyas ruinas todavía escondían cadáveres. La lectura de la obra maestra del escritor alemán W.G. Sebald Sobre una historia natural de la destrucción (Anagrama) es un espeluznante relato de aquellas tormentas de fuego que el mariscal del aire británico Arthur Harris lanzó contra Alemania.

Los ataques con bombas incendiarias convencionales eran tan devastadores que el peor bombardeo que sufrió Japón fue el de Tokio, que costó la vida a 100.000 personas en la noche del 9 al 10 de marzo de 1945, cuando 330 bombarderos B-29 destruyeron la capital de Japón. Se trata del bombardeo más devastador de la historia. En Hiroshima murieron 140.000 personas, muchas de ellas por la radiación en los días posteriores, y en Nagasaki, 64.000.

La desconfianza entre los antiguos aliados estaba a punto de transformarse en la Guerra Fría –Churchill pronunció su famoso discurso del Telón de Acero en marzo de 1946–. En ese contexto, Estados Unidos estaba llevando a cabo una sangrienta guerra en el Pacífico. Como recuerda el historiador estadounidense Francis Pike, que publicó en 2015 Hirohito’s war, sólo en la batalla de Okinawa, entre marzo y junio de 1945, murieron 12.000 estadounidenses que se enfrentaron a 80.000 japoneses –en las playas de Normandía murieron 2.499–. “El Alto Estado Mayor estimó que la conquista de las principales islas de Japón podría costar 267.000 vidas estadounidenses, mientras que el Departamento de Guerra calculó que esta cifra podría elevarse hasta las 800.000, más del doble de los soldados de EEUU muertos en combate en Europa”, escribió Pike, que forma parte de los historiadores que creen que Japón no tenía la más mínima intención de rendirse.

La revista de historia de la BBC realizó una encuesta en agosto de 2015, cuando se conmemoró el 70º aniversario del lanzamiento de la bomba atómica, entre los principales historiadores occidentales de la II Guerra Mundial sobre la justificación de un ataque tan devastador, cuyas consecuencias eran, además, imposibles de medir por los efectos de la radiación. Antony Beevor, el investigador más conocido del periodo, aseguraba en aquellas páginas: “Pocas acciones en una guerra son moralmente justificables. Todo lo que puede hacer cualquier comandante en jefe es tratar de establecer si una orden puede reducir el número de víctimas. Ante la decisión japonesa de no rendirse, el presidente Truman tenía muy pocas opciones”.

Richard Overy, autor de Por qué ganaron los aliados entre otras obras sobre el conflicto, sostiene en cambio que no fue una decisión “moral sabiendo que la bomba mataría a civiles y, sobre todo, no era necesaria”. “Japón estaba militarmente acabada y un bloqueo y más destrucción urbana hubiesen provocado una rendición en agosto o septiembre”, agregó. Robert James Maddox, autor de Hiroshima in history. The myths of revisionism, sostiene por su parte: “El uso de bombas atómicas fue horrible, pero estoy de acuerdo con el secretario de Defensa de EEUU: ‘Era la última y horrible elección’. Una invasión convencional y bombardeos constantes eran los otros caminos. Por lo tanto, las bombas atómicas salvaron la vida a miles de americanos y millones de japoneses”.

Martin J. Sherwin, autor de American Prometheus: The Triumph and Tragedy of J Robert Oppenheimer, señaló en cambio en la misma serie de entrevistas: “No, Japón se hubiese rendido de todos modos. Al tirar la bomba atómica, EEUU lanzó al mundo el mensaje de que las armas nucleares eran legítimas en una guerra”.

Las divisiones entre los historiadores se reducen al final a dos argumentos: lanzar la bomba era necesario para evitar la invasión y precipitar la capitulación de Japón o era un crimen de guerra porque la bomba atómica no tenía nada que ver con la rendición de Hirohito, sino con el creciente enfrentamiento con la URSS. Pocos, en cambio, discuten la legitimidad de utilizar un arma de consecuencias devastadoras en una guerra durante la que se rompió cualquier concepto de lo que era moral o inmoral para derrotar a un enemigo que, nunca se puede olvidar, cometió crímenes tan salvajes que fue necesario inventar una nueva palabra, genocidio, para describirlos.

martes, 24 de mayo de 2016

LA TRAICIÓN DEL INCONCIENTE

La endeble estructura encefálica de la Presidenta de la Asamblea es funámbula , y camina por los

bordes riscosos del abismo. Se auto proclamó en  una traición de su inconciente, presidenta de

la República, y tal vez por la zancadilla que le puso su ambición, tuvo el lapsus.

A pesar de eso se arriesgó  a hablar de los paraísos fiscales (Galo Chiriboga, le veía tras sus negras

ojeras), (Caso omiso de la memoria de Pedro Delgado). Habló de corrupción (aunque no mencionó

los costos ni financiamientos de su lujosa casa, en un barrio alto de Quito.) Denostó el tráfico de in-

fluencias, pero no mencionó la velocidad con que consiguió el enorme crédito del BIESS.

Arriesgada la doña.

Pero lo peor de todo fue el tono cursi y meloso hasta la nausea del empalago  de su discurso vacío.

Crueldad mental y sevicia  atroz con los oyentes.

sábado, 21 de mayo de 2016

UN OFICIO ANTIPÁTICO

En una línea de Aviación de la cual no quiero acordarme, (pero me acuerdo), trabajaba como

tripulante, sobrecargo, asistente de vuelo un querido amigo (cuyo nombre recuerdo pero no lo

voy a nombrar), hace años , cuando él tenía veinte y cuatro, (no siempre trabajamos en lo que

queremos, sino en lo que hay).y tras la crisis bancaria del noventa y nueve, muchos ecuatorianos

migraban para trabajar en Europa, básicamente en España, por la lengua quizás, porque no pedían

visa de trabajo tal vez. Iban a romperse el lomo, para subsistir, y mandar remesas para mantener

a las familias que quedaban aquí, colgados de la  alambrada del aeropuerto, cabecera Sur, para

darles el adiós cargado de tristeza y esperanza.. Se colgaban como racimos de enredaderas

nostálgicas, con los ojos llenos de lágrimas, porque eran tantos que no cabían en el terminal.

La gente que viajaba, lo hacía por primera vez en avión, porque nunca antes pudieron hacerlo

y eran simples y no muy refinados.

A mitad del largo vuelo transatlántico, entre chispos de nostalgia y de ansiedad, con uno tragos

adentro, se ponían un poco impertinentes.

Llamaban a mi amigo a gritos de "senor!, mesero!" para pedir otro trago..

Este, ya neurotizado se acercaba, (exigencias del trabajo) y los atendía con presteza , pero

cargado de rabia en su mirada, por el constante y bullanguero fastidio. Y les llevaba los

tragos y soportaba las majaderías más obstinadas con una aparente mansedumbre de perro sin

ilusiones.

Un momento dado, cuando el hartazgo llegaba al límite, vio venir con paso algo inseguro hacia el

baño, a uno de los "cabecillas" de la pachanga.

No se por qué, pero si uno quiere orinar, mientras más cerca está del inodoro, más urgencia tiene de

hacerlo. La oportunidad no podía ser más propicia.

Ágilmente el joven se levantó de su puesto y se interpuso entre el pasajero molestoso y el baño.

"¿Trae su Ticket para usar el lavatorio?", preguntó , con frialdad profesional.

""Cuál ticket?" preguntó el hombre, cada más urgido por la necesidad.

"El que le dieron con el pase a bordo" respondió mi amigo, sin cambiar de expresión.

"No me lo dieron", gritó desesperado.

"Tienen que habérselo dado, lo dan a todos los pasajeros".

Desesperado comenzó a hurgar en todos los bolsillos, sacando papeles, documentos, libretitas,

monedas, pañuelo, peinilla y algunos billetes de Euros y dólares de baja denominación, con los

ojos inyectados por las ganas de usar el inodoro. Nada!!!

Mi amigo, "condescendiente", miró por el largo pasillo y le dijo. "Me pueden despedir, pero voy a

ayudarlo. Pase con discreción.".

El pasajero entró y salió aliviadísimo y agradecidísimo. Abrazó emocionado a mi amigo que lo

"salvó" del papelón.

Este, con una sonrisa cínica le dijo: "Recoja las  cosas que dejó caer, por favor. Y cuando

necesite el baño, revise que yo no esté durmiendo, ni dormitando, y me avisa. Yo lo ayudo"

No hubo más inconvenientes.

Al llegar a España los asistentes ofrecían mentas y agradecían a los viajantes, por haber escogido

la Aerolínea.

Cuando el hombre llegó donde su "salvador" le agradeció sinceramente.



"No se preocupe " le dijo este. "Pero no olvide exigir el ticket, la próxima vez.




ENRIQUE AYALA MORA: "CORREA Y LOS MILITARES"


http://www.elcomercio.com/opinion/enriqueayalamora-opinion-columnista-correa-militares.html

Correa contra los militares

“Me precipité sobre las bayonetas” dijo Velasco Ibarra, luego de que intentó dar un golpe de estado
desde la Presidencia de la República y fue derrocado por los militares. Desde entonces, “precipitarse sobre las bayonetas” significa provocar conflictos con las Fuerzas Armadas desde el Gobierno. Ahora Correa se precipita una y otra vez sobre las bayonetas, dando reiterados motivos para generar el rechazo de los militares y suscitando constantes rumores de que será objeto de un golpe de estado. Las provocaciones han sido muchas: enfrentar a los mandos con la tropa, socavar la disciplina, agredir a los militares en sus propios cuarteles, ofender a los mandos, desatender sus ceremonias, quitarle recursos al Issfa, eliminar los edecanes y hasta quizá suprimir los agregados militares de las embajadas. Al principio, pudieron parecer errores, pero cada vez ha quedado más claro que Correa provoca a los militares para que lo saquen antes de concluir su período. Se dice que la situación económica, agravada por el desastroso manejo de la crisis, ha llevado a Correa a la certeza de que no podrá terminar el año que le falta sin aumentar más los impuestos y la deuda pública, sin elevar la represión y hasta sin poder evitar la desdolarización. Se piensa, por ello, que Correa quiere que lo derroquen para dejar la imagen de que fue víctima de militares ambiciosos y de que las medidas extremas que la recesión y el desempleo demandan, fueron tomadas por quienes lo sucedan. Así dejaría la imagen de un mandatario democrático destituido por el golpismo militar. Así podría volver en pocos años al poder.La situación es confusa, pero dos hechos son claros. Por un lado, es inocultable que Correa trata de que los militares le boten. Por otro, es evidente que las Fuerzas Armadas no tienen intención de hacerlo y se aguantan las provocaciones, pese a que muchos “golpean las puertas de los cuarteles”. La realidad, sin embargo, no es inmutable. Cierto es que no hay condiciones internas y sobre todo externas para una dictadura militar y que las Fuerzas Armadas han demostrado no estar dispuestas a derrocar al Gobierno. Pero aunque los militares se aguanten las provocaciones, puede llegar un momento en que la falta de recursos, la tendencia crónica a agredir y dividir al país, el peso de los impuestos, el desempleo, la corrupción rampante, la desdolarización no contenida o una crisis bancaria, nos lleven a una paralización y al desgobierno. Entonces, el arbitraje militar, tantas veces reeditado en nuestra historia, podría imponerse y cambiar las cosas. Al paso que vamos, ni la reticencia de los militares, ni el aguante del pueblo, garantizan que un presidente provocador termine “precipitándose sobre las bayonetas”. Está en sus propias manos.