viernes, 1 de abril de 2016

ABRIL ES EL MES MAS CRUEL



Abril es el mes más cruel
Guillermo Cabrera Infante
(Cuba)

No supo si lo despertó la claridad que entraba por la ventana o el calor, o ambas cosas. O todavía el ruido que hacía ella en la cocina preparando el desayuno. La oyó freír huevos primero y luego le llegó el olor de la manteca hirviente. Se estiró en la cama y sintió la tibieza de las sábanas escurrirse bajo su cuerpo y un amable dolor le corrió de la espalda a la nuca. En ese momento ella entró en el cuarto y le chocó verla con el delantal por encima de los shorts. La lámpara que estaba en la mesita de noche ya no estaba allí y puso los platos y las tazas en ella. Entonces advirtió que estaba despierto.
—¿Qué dice el dormilón? — preguntó ella, bromeando.
En un bostezo él dijo: Buenos días.
—¿Cómo te sientes?
Iba a decir muy bien, luego pensó que no era exactamente muy bien y reconsideró y dijo:
—Admirablemente.
No mentía. Nunca se había sentido mejor. Pero se dio cuenta que las palabras siempre traicionan.
—¡Vaya! —dijo ella.
Desayunaron. Cuando ella terminó de fregar la loza. vino al cuarto y le propuso que se fueran a bañar.
—Hace un día precioso —dijo.
—Lo he visto por la ventana —dijo él.
—¿Visto ?
—Bueno, sentido. Oído.
Se levantó y se lavó y se puso su trusa. Encima se echó la bata de felpa y salieron para la playa.
—Espera —dijo él a medio camino—. Me olvidé de la llave.
Ella sacó del bolsillo la llave Y se la mostró. Él sonrío.
—¿Nunca se te olvida nada?
—Sí —dijo ella y lo besó en la boca—. Hoy se me había olvidado besarte. Es decir, despierto.
Sintió el aire del mar en las piernas y en la cara y aspiró hondo.
—Esto es vida —dijo.
Ella se había quitado las sandalias y enterraba los dedos en la arena al caminar. Lo miró y sonrió.
—¿ Tú crees ? —dijo.
—¿Tú no crees? —preguntó él a su vez.
—Oh, sí. Sin duda. Nunca me he sentido mejor.
—Ni yo. Nunca en la vida —dijo él
Se bañaron. Ella nadaba muy bien, con unas brazadas largas, de profesional. Al rato él regresó a la playa y se tumbó en la arena. Sintió que el sol secaba el agua y los cristales de sal se clavaban en sus poros y pudo precisar dónde se estaba quemando más, dónde se formaría una ampolla. Le gustaba quemarse al sol. Estarse quieto, pegar la cara a la arena y sentir el aire que formaba y destruía las nimias dunas y le metía los finos granitos en la nariz, en los ojos, en la boca, en los oídos. Parecía un remoto desierto, inmenso y misterioso y hostil. Dormitó.
Cuando despertó, ella se peinaba a su lado.
—¿Volvemos? —preguntó.
—Cuando quieras.
Ella preparó el almuerzo y comieron sin hablar. Se había quemado, leve, en un brazo y el caminó hacia la botica que estaba a tres cuadras y trajo picrato. Ahora estaban en el portal y hasta ellos llegó el fresco y a veces rudo aire del mar que se levanta por la tarde en abril.
La miró. Vio sus tobillos delicados y bien dibujados, sus rodillas tersas y sus muslos torneados sin violencia. Estaba tirada en la silla de extensión, relajada, y en sus labios, gruesos, había una tentativa de sonrisa.
—¿Cómo te sientes? —le preguntó.
Ella abrió sus ojos y los entrecerró ante la claridad. Sus pestañas eran largas y curvas.
—Muy bien. ¿Y tú?
—Muy bien también. Pero, dime... ¿ya se ha ido todo?
—Sí —dijo ella.
—Y... ¿no hay molestia?
—En absoluto. Te juro que nunca me he sentido mejor.
—Me alegro.
—¿Por qué?
—Porque me fastidiaría sentirme tan bien y que tú no te sintieras bien.
—Pero si me siento bien.
—Me alegro.
—De veras. Créeme, por favor.
—Te creo.
Se quedaron en silencio y luego ella habló:
—¿Damos un paseo por el acantilado?
—¿Quieres?
—Cómo no. ¿Cuándo?
—Cuando tú digas.
—No, di tú.
—Bueno, dentro de una hora.
En una hora habían llegado a los farallones y ella le preguntó, mirando a la playa, hacia el dibujo de espuma de las olas, hasta las cabañas:
—¿Qué altura crees tú que habrá de aquí a abajo? —Unos cincuenta metros. Tal vez setenta y cinco. —¿Cien no?
—No creo.
Ella se sentó en una roca, de perfil al mar, con sus piernas recortadas contra el azul del mar y del cielo.
—¿Ya tú me retrataste así? —preguntó ella.
—Sí.
—Prométeme que no retratarás a otra mujer aquí así.
Él se molestó.
—¡Las cosas que se te ocurren! Estamos en luna de miel, ¿no? Cómo voy a pensar yo en otra mujer ahora.
—No digo ahora. Más tarde. Cuando te hayas cansado de mí, cuando nos hayamos divorciado.

Él la levantó y la besó en los labios, con fuerza.
—Eres boba.
Ella se abrazó a su pecho.
—¿No nos divorciaremos nunca?
—Nunca.
—¿Me querrás siempre?
—Siempre.
Se besaron. Casi en seguida oyeron que alguien llamaba.
—Es a ti.
—No sé quién pueda ser.
Vieron venir a un viejo por detrás de las cañas del espartillo.
—Ah. Es el encargado.
Los saludó.
—¿Ustedes se van mañana?
—Sí, por la mañana temprano.
—Bueno, entonces quiero que me liquide ahora. ¿Puede ser?
Él la miró a ella.
—Ve tú con él. Yo quiero quedarme aquí otro rato más.
—¿Por qué no vienes tú también?
—No —dijo ella—. Quiero ver la puesta de sol.
—No quiero interrumpir. Pero es que quiero ver si voy a casa de mi hija a ver el programa de boseo en la televisión. Usté sabe, ella vive en la carretera.
—Ve con él —dijo ella.
—Está bien —dijo él y echó a andar detrás del viejo.
—¿Tú sabes dónde está el dinero?
—Sí —respondió él, volviéndose.
—Ven a buscarme luego, ¿quieres?
—Está bien. Pero en cuanto oscurezca bajamos. Recuerda.
—Está bien —dijo—. Dame un beso antes de irte.
Lo hizo. Ella lo besó fuerte, con dolor.
Él la sintió tensa, afilada por dentro. Antes de perderse tras la marea de espartillo la saludó con la mano. En el aire le llegó su voz que decía te quiero. ¿O tal vez preguntaba me quieres?
Estuvo mirando al sol cómo bajaba. Era un círculo lleno de fuego al que el horizonte convertía en tres cuartos de círculo, en medio círculo, en nada, aunque quedara un borboteo rojo por donde desapareció. Luego el cielo se fue haciendo violeta, morado y el negro de la noche comenzó a borrar los restos del crepúsculo.
—¿Habrá luna esta noche? —se preguntó en alta voz ella.
Miró abajo y vio un hoyo negro y luego más abajo la costra de la espuma blanca, visible todavía. Se movió en su asiento y dejó los pies hacia afuera, colgando en el vacío. Luego afincó las manos en la roca y suspendió el cuerpo, y sin el menor ruido se dejó caer al pozo negro y profundo que era la playa exactamente ochenta y dos metros más abajo.

domingo, 27 de marzo de 2016

CRUYFF: GALLINA EN PIEL


http://deportes.elpais.com/deportes/2016/03/24/actualidad/1458839769_195992.html

Gallina en piel
Johan Cruyff fue un visionario, un genio que ignoraba la lógica y hasta un consentido de la gloria

Vaya por delante que hay que ser muy osado, temerario incluso, para pretender siquiera despedir a los mitos, para los que nunca hay biógrafo a la altura. Más aún cuando se trata de alguien que trasciende a la dimensión de su personaje, por muy extraordinaria que esta sea. Porque Johan Cruyff no fue solo un futbolista de un Olimpo exclusivo y no solo fue un entrenador de época. Fue, es y será mucho más, un visionario, un genio que ignoraba la lógica y hasta un consentido de la gloria, de una gloria que le llegó por el camino más difícil, por vías revolucionarias solo al alcance de unos pocos elegidos. Un testamento ante el que es inevitable que se te ponga “gallina en piel”, como solía decir en su adaptación libre del castellano, que para eso era Johan Cruyff hasta con sus quiebros de palabra.

Desde que su madre limpiaba los aseos del estadio del Ajax tras la prematura muerte de su progenitor cuando el pequeño Johan solo tenía 12 años, a este maestro de lo imposible no se le ocurrió mejor cosa que convertir el fútbol en lo contrario a la metáfora de su vida infantil. Él no estaba en este mundo que le había golpeado para ser uno más, ni siquiera un grande entre los grandes. Johan Cruyff vino al mundo para ser Johan Cruyff.

Lejos de escudarse en las vicisitudes familiares, El Flaco se rebeló contra el destino. Un subversivo en toda regla, henchido de orgullo desde que pisó las categorías inferiores del club de Ámsterdam, donde el apellido Cruyff remitía de inmediato a la humilde limpiadora. Fue su primer gran regate, se plantó ante todos y desde el primer día se puso dos escalones por encima, nada de complejos. Melenudo y huesudo, se aupó sobre todos y, casi con pañales, lideró la batalla de los jugadores holandeses por el profesionalismo. Porque en el fútbol, Cruyff también fue sindicalista, presidente, juez, fiscal, profeta, educador infantil, comercial…

Lo de Cruyff siempre fue fútbol protesta. Era su banda sonora

Tras poner al Ajax y a Holanda en el mapa futbolístico, en vez de acomodarse en el mundo espumoso de las celebridades, rompió lazos con la selección y con su club en pleno apogeo. Dio dos portazos y emigró a Barcelona, entonces una entidad momificada después de haber interiorizado hasta el hueso un pesimismo y victimismo crónicos. Llegó a la casa azulgrana como un mesías y hasta impuso por narices el nombre de Jordi a su único hijo varón.

Como jugador dejó más ruido que nueces hasta que discutió con la directiva. Luego, se abanicó con Pelé y Beckenbauer en Nueva York, se rebajó por pasta en el Levante y se vengó de su Ajax alistándose en el Feyenoord, rival eterno. Para Cruyff, que se las sabía y se las sabe todas, el fútbol ya era tanto un objeto de pasión como de consumo. Quería, reclamaba siempre, su gobernanza en el fútbol. Él era el poder único, en el césped, la caseta, el palco, la Generalitat, el Bernabéu, la Plaza Sant Jaume o la corte de turno.

El fútbol y la vida le cabían en las botas y en la cabeza, era un simposio andante que no estaba dispuesto a compartir ningún bastón de mando. No hay forma de sujetar en corto a tipos así, a gente que va siempre en dirección contraria a los mundanos, sin miedo alguno a los patinazos. Lo sabía Josep Lluis Núñez, cabecilla de aquellas nomenclaturas que creían poder apropiarse de este juego desde el púlpito de la tribuna, del que hacían su sala de estar.

De un plumazo, Cruyff, que ya había hecho un peritaje socio-político de Cataluña, cambió la cara a la institución, de repente optimista como ninguna, sacudida toda la caspa. Eso sí, no sin antes pasar por un chalado caprichoso: que si Koeman era un gordinflón y Stoitchkov un locuelo… Que si Ferrer y Sergi eran dos defensas gnomos y Guardiola un monicaco sin regate, disparo y velocidad… Y qué decir cuando le daba por alinear a Lineker y Julio Salinas como extremos, o a Eusebio y Goicoetxea como laterales en un equipo sin delantero centro, como el Ajax y la Holanda que él había capitaneado, o el Barça que hoy articula Messi o la selección que entronizaron cruyffistas de cuna sin saberlo como Xavi e Iniesta.

Lo de Cruyff siempre fue fútbol protesta. Era su banda sonora, la que logró para el Barça y España una emancipación generacional que llevó a ambos a la cúspide posterior. A nadie deben más esos y otros tantos locos bajitos que a este loco tan cuerdo. Con Johan la ilógica acabó por ser de lo más lógica. Ese es su incunable legado, no los títulos, Balones de Oro, sus vuelos y cambios de ritmo tan magistrales como plásticos. Ni siquiera cabe discutir si merece el panteón de Di Stéfano y Pelé. Lo sublime de Johan es que cuando le creías escuchar o creías interpretar siempre acababas con la “gallina en piel”. Con estas líneas, ayer más que nunca uno sintió lo de la piel y la gallina.

POR QUE CRUYFF NO FUE AL MUNDIAL DEL 78

http://deportes.elpais.com/deportes/2016/03/26/actualidad/1459016208_669167.html


“¡Cómo iba a matar a Cruyff! Él era dios”
Carlos González Verburg, marinero gallego, protagonizó un violento asalto al domicilio de la leyenda holandesa que hizo que no jugase el Mundial de 1978

Aquel verano de 1977 Raimundo Calviño Garrido y Carlos González Verburg volvieron a juntarse en Seixo, Marín, frente al mar de la ría de Pontevedra. Eran ya dos hombres adultos. Se habían conocido de críos cuando Carlos regresó de Barcelona, donde había nacido. Era hijo de Abundio y Pieternella, una mujer holandesa que su padre había conocido en Cataluña. Como su padre, Carlos viró hacia el mar y se empleó en American Line. Fue durante muchos años, en Rotterdam, el mejor embajador de los gallegos que subían a Holanda a buscar un futuro.

Esa noche de primeros de septiembre Carlos y Raimundo, otro marinero, cenaron juntos para despedirse; Carlos volvía a Rotterdam. Raimundo recuerda la cena, el vino y las confidencias. Todos los detalles regresaron a su cabeza ocho días después, cuando el nombre de Carlos salió en los periódicos.

-Me dijo que volvería a Holanda a través de Barcelona porque tenía que hacer unas cosas. Mi amigo era una persona muy introvertida, muy callada. Hay algo que yo recuerdo de esa cena: hablamos un poco de fútbol. Lo recuerdo porque a Carlos no le gustaba especialmente el fútbol, aunque había jugado en Holanda y había conocido, no sé de qué modo, a Rinus Michels.

Carlos González Verburg era hincha del Real Madrid y del Ajax de Amsterdam. En aquella cena habló con rara amargura de la admiración que sentía por Cruyff. “Ese mocoso”, le llamaba (Carlos era 16 años mayor). “Es el mejor jugador del mundo, y nosotros no llegamos a nada”.

Carlos atravesaba la peor época de su vida. Se había separado de su mujer, la holandesa Wilhemina Engel, con la que había tenido cuatro hijos: Juanita, Norman, Carlos y William. Fumaba hierba en exceso, todo el día. Y su amigo Raimundo cree que por entonces ya había iniciado una relación con otra mujer con la que tuvo dos hijas que nunca reconoció legalmente, Elvira y Jennifer, pese mantener con ellas una relación extraordinaria.

Ocho días después de esa cena, Carlos, un hombre alto y atlético, atractivo, llamó a la puerta de la casa de los Cruyff en Barcelona. Eran las 21.30. Carlos sabía que Rinus Michels vivía en el Hotel Princesa Sofía, así que engañó a Danny, la esposa de Cruyff, diciéndole que traía un recado del entrenador para la estrella del Barcelona. Nada más irrumpir en la casa se desató una pesadilla para los Cruyff. Carlos encañonó al jugador en la cabeza con un rifle del 22, lo ató a una silla poniéndole esparadrapo en la boca y en los ojos; ató a su mujer, Danny, dejándola tirada en el suelo. Los tres hijos de la pareja estaban en sus habitaciones. Según el relato de Cruyff, que sólo habló del suceso en Catalunya Radio en 2008, y años después en L’Equipe, su mujer pudo liberarse y salir corriendo para avisar a los vecinos. La Vanguardia, al día siguiente del suceso, informó de que Danny había cogido el arma de Carlos aprovechando un descuido del delincuente, que la había dejado en el suelo para acomodar al astro.

Carlos trató de huir a la carrera por el garaje, pero fue rodeado por los vecinos. Fue detenido e internado en la Modelo, donde se corrió la voz de que aquel hombre había encañonado al mito culé y aterrorizado a su familia. A las pocas semanas cuatro presos lo rodearon y le dieron una paliza de muerte; Carlos pasó varias semanas en la enfermería. Fuera, mientras tanto, Cruyff decidía no acudir al Mundial de Argentina, donde se esperaba la coronación de la Naranja Mecánica. Nunca aclaró los motivos hasta 2008: antepuso la seguridad de su familia al fútbol, pasó varios meses con la policía durmiendo en casa y sus hijos yendo escoltados al colegio, y a una Copa del Mundo “si no vas al 200%, no puedes ir”.

Carlos González Verburg no pasó mucho tiempo en prisión. Se recuperó de la paliza gracias a la ayuda, entre otros, de un pariente lejano suyo, el pontevedrés Rafael González Adrio. González Adrio, exjugador de baloncesto de Barcelona y Real Madrid, se convirtió con el tiempo en un traumatólogo de prestigio, jefe de los servicios médicos del Barcelona durante 18 años y uno de los médicos de confianza de Johan Cruyff. Recuperado, González Verburg regresó primero a su pueblo, Seixo, antes de partir a Holanda; en Galicia los vecinos y familiares habían reunido el dinero necesario para pagarle la fianza. Raimundo recuerda el impacto de la noticia entre los vecinos. Corrió como nunca volvió a correr otra: “Carlos el de Abundio intentó secuestrar a Johan Cruyff”.

Raimundo Calviño Garrido y Carlos González Verburg eran gentes del mar, habitualmente personas de pocas palabras. Si uno no quiere hablar, el otro no pregunta. El asalto a la casa de Cruyff nunca fue tenido en cuenta por el grupo íntimo de amigos de Carlos. Se consideró un acto irracional y oscuro de un hombre que perdió momentáneamente las riendas de su vida y su cabeza, dañada por las drogas. Tampoco él supo explicar por qué lo hizo: su familia tenía dinero y le habían dejado a él y sus hermanos fincas del Pazo de Aguete, que pertenecía a familiares suyos. Un patrimonio grande que fueron vendiendo paulatinamente.

Carlos continuó viajando todos los años desde Rotterdam a Seixo. En coche, porque no se subía a un avión. Primero en un Seat Ibiza y luego en un Skoda. Un día Raimundo reunió fuerzas:

-Carlos, como foi que quixeches raptar a Cruyff.

Carlos, ya anciano, se echó a reir. Raimundo insistió. Carlos negó con la cabeza: “Estaba ata as papes de porros”.

-Pero fuches a Barcelona coa idea. Quixeches matalo?

-Que ía querer matalo! Cruyff era dios.

Hace dos años Carlos se partió la cadera en Galicia; fue ingresado primero en el Hospital Montecelo, luego en el Domínguez y finalmente en una residencia de Poio, la Ballesol, atendido siempre por Raimundo Calviño y su familia. Cuando estuvo recuperado su amigo lo llevó al aeropuerto para que lo recogiese su hija Elvira y lo llevasen de vuelta a Rotterdam. Desde allí Carlos llamó a Raimundo para decirle que algo había ido mal: le había dado una trombosis. Fue la última conversación de una amistad de 40 años. En la siguiente llamada desde Rotterdam, a los quince días, Raimundo supo que Carlos había muerto. Era el 5 de septiembre de 2014.

Después de la trombosis Carlos dictó unas últimas voluntades: que sus cenizas se llevasen a Galicia y fuesen tiradas al mar de Aguete. Que sonase, en su despedida, Un canto a Galicia de Julio Iglesias y la Canción del Mariachi interpretada por Antonio Banderas.

viernes, 25 de marzo de 2016

LA SEMANA MAYOR EN NUESTROS TIEMPOS

Recuerdo que en Semana Santa, se vivía un tiempo de recogimiento y refelexión. Después ya de

adulto joven, aunque sin fe alguna, me impresionaba la magnificiente y plásica liturgia con Las

Caudas, en la catedral, el desfile de los cucuruchos púrpuras, mártires de su conciencia, intoxicados

de castigos y silicios encarnados, para pagar sus culpas, para exorcisar sus fantasmas.

El viernes Santo, siempre llovía, y la gente se recogía en las iglesias para el silencioso lamento del

pecado inexistente.

Y se escuchaba Música Sacra y Cantos Gregorianos en las emisoras radiales.

Hoy día no hubo una sola radio que nos regalara esa belleza auditiva y solemne.

Rumiando los 2 puntos perdidos por la sección de fútbol en casa ante paraguay. Una Radio Católica

dando un sermón, radios pregonando el espectáculo del evangelismo. La gente en la Playa.

Otros comiendo Fanesca.

A principios de la semana Mayor un atentado suicida deja más de treinta muertos y más de 300

heridos en el aeropuerto y en el tren subterraneo, en nombre del Islam, del Califato y de la guerra

"Santa" contra los infieles. (Que son los que pueden o no creer en lo que los guerreros del "jidah"

creen,) y que estuvieron en el momento y en el sitio equivocados.En Bélgica.

Felices Pascuas.




OTRA CANALLADA Y YA VAN....

Charlotte Mazoyer fue asaltada y herida mortalmente una noche en la llamada "pata de Guápulo",

colindande al Norte con el Hotel Quito, por tres delicuentes armados , que la asaltaron y la hirieron

para robarla. Siendo detenidos esa misma noche , un  poco al Sur de ese sector, en otro delito

flagrante de iguales características, Siendo apresados, juzgados y condenados. Guardan prisión.

Llegó la paciente a la Clínica Pichincha siendo atendida inmediatamente, dado  lo grave del caso , y

sin exigencias burocráticas ni pecunarias de ninguna clase como está registrado en videos de las

cámaras de Seguridad dentro de la Clínica.

La acusación penal contra el Dr. Carlos López, que llegó a atenderla seis minutos después de haber

sido llamado, y del Dr. Francisco López Vásconez, gerente y representante legal de la clínica,

que ni  siquiera estaba al tanto de lo de lo que pasaba ese momento, fue revisada y subestimada

por tres veces. No había caso para continuar con el proceso. Francia (Caso Dreyfuss) presiona y

Correa, Jahlk, Corte constitucional ceden, se arrodillan altiva i soberanamente, y en infamante caso

de inequidad de justicia (En este país los valores hace rato se escriben con minúscula) ceden

y condenan a los inocentes.

La misma faena de Correa al homenajear a su primo , el delincuente Pedro Delgado, y dejarlo huir en

primera clase.A su mansión en Miami.

Viernes Santo para los católicos Jalhk, Correa , escribas y fariseos. Crucfiquen a los inocentes.

Allá en



el horno, "se vamo' a encontrar.