martes, 10 de noviembre de 2015

LA CONTENCIÓN DESCALIFICA LA VIDA



 FUENTE EL COMERCIO
http://especiales.elcomercio.com/planeta-ideas/ideas/1-de-noviembre-de-2015/EduardoLarrea-Medicina-Pacientes-Felicidad-Salud


Esta es una conversación contraindicada para los biempensantes. Porque Eduardo Larrea, un médico atípico -de los que puede dedicar tiempo a escuchar a un paciente, por ejemplo-, no dirá lo que se espera que un médico diga. Con su estupendo talante, Eduardo no se toma en serio esta obsesión por lo sano que al parecer gobierna el mundo y que esta semana vio reflejados todos sus terrores en la imagen de una lonja de tocino.

Si ya sabemos que vivir mata, ¿por qué nos es tan difícil asumir esa realidad?

Es una cosa difícil de aceptar a pesar de que la tenemos absolutamente reconocida como la única verdad inexorable. Lo que pasa es que funcionamos con el pensamiento a varios niveles… En el paeloencéfalo, que es la parte más antigua del encéfalo, nosotros tenemos un instinto primigenio que es el instinto de supervivencia. Si a eso le añades filosóficamente la autoconciencia de la existencia y la aceptación de que el yo tiene un final se establece una neurosis por una lucha entre el instinto de supervivencia y la conciencia del yo que no queremos que desaparezca.

¿Entonces esta negación está fuera de nuestro control?

Es una lucha un poco desigual, porque es entre el consciente y el inconsciente.

Esta neurosis, ¿se alivia si tenemos la idea de que estamos sanos? ¿Vivimos la ilusión de la no muerte cuando gozamos de buena salud? Claro. Tengo un buen ejemplo para eso. Tú sabes que cuando la persona ha estado en una fiesta y ha ingerido licor en exceso y está pasando las canutas con el chuchaqui, con una sensación de muerte inminente, se arrepiente y jura que nunca más va a beber, cosa que es mentira… Sin embargo, en esa circunstancia se siente culpable porque sabe que es responsable de la situación. Asimismo, una persona que hace gimnasia, que se cuida, que se hace los exámenes que le mandan a hacerse…

Que no come tocino.

Eso, que no come tocino (sonríe), que no come ‘cosas finas’, que no come espumillas de Turubamba, de esas que vienen en la lavacara enlozada, está cuidando el templo, es decir el cuerpo, y siente que está haciendo bien los deberes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí habiendo consumido durante siglos carne?

Si es que la naturaleza encontraría tan nociva la carne, simple y llanamente nos hubiera vuelto herbívoros con cuatro panzas para poder destruir la celulosa y aprovechar la proteína de la hierba y de los vegetales. Es decir, seríamos unas vacas. Son alharacas que se hacen, como se hizo con el helicobácter pílori cuando lo asociaban directamente con el cáncer y vivimos aterrorizados con el cáncer, con el infarto… y buscando dietas disparatadas.

¿Recuerda cuándo y cómo comenzó esta obsesión por lo ‘saludable’?

Más o menos desde el siglo XVIII o XIX comienza a promoverse una vida sana, se promueve el ejercicio; ya se admira a la persona que tiene mejor presentación. Y esta cuestión de la apariencia es una manifestación física de que somos personas genéticamente buenas para procrear; ese es el trasfondo. Es entonces cuando se comienza a hacer culto de la salud y toda esa búsqueda.

¿Cómo se vivía esa fijación con estar sanos antes de las redes sociales?

No había obsesión. Se vivía de forma más simple, pero es que la vida era más saludable también. Porque era menos apurada, porque teníamos menos ansiedad por el consumo, porque era menos complicada, por lo menos para un grupo de personas. Había otro grupo que estaba totalmente marginado, viviendo una vida infrahumana. Si no fuera por monseñor Leonidas Proaño los indígenas de Chimborazo todavía estarían arrodillándose en la carretera para pedir limosna, morados, con una hipoxia perpetua.

¿A quiénes beneficia esta relación que tiene la sociedad actual con ‘lo sano’?

Siempre hay varios grupos interesados. Por ejemplo, no es infrecuente o raro escuchar que es pésimo tomar aspartame; te decían que su uso te idiotizaba. Y venía otro edulcorante que lo reemplazaba, y luego otro y así. Según mis cuentas, por lo que yo he tomado de aspartame o de colas ‘light’ debería ser una parkinsoniano, un esclerótico múltiple o algo así.

¿El mercado es el que, de una u otra manera, se termina beneficiando?

El mercado, sí.

¿De qué nos sirve estar sanos si vivimos la mayor parte del tiempo conteniendo el deseo?

Eso produce angustia, neurosis y frustración. Eso ya descalifica la vida.

Y además eso no es estar sano, ¿no? Ya no, porque el concepto de salud sacado en 1963 por la Organización Mundial de la Salud es que un individuo tenga bienestar físico, psicológico y también social.

¿Cómo sería una sociedad regida por la tiranía de lo saludable?

Sería un mundo de obsesionados, neuróticos, vacíos y frívolos, posiblemente. O por lo menos, muy angustiados y poco felices.

Horrible.

Es que es horrible. Vivimos de paranoia en paranoia.

¿Cuál es su recomendación para procesar la información que sale cada tres días anunciando que algo es cancerígeno?

Todo es cancerígeno, dicen. Las colas, los colorantes, y ver un pájaro que vuele en el cielo por lo menos es de mala suerte.

¿Cuál sería la receta para curarse de esta paranoia? Vivir dentro de la realidad. Aprender a comprender. Pensar más. El rato que uno se informe más vivirá mejor.

¿Vale la pena vivir una vida descafeinada?

Para aquellos a los que no les guste el café. Pero si no, no se engañen y no tomen café descafeinado.

domingo, 8 de noviembre de 2015

DESTINO O PROBABILIDAD?

Cuando el Titanic se hundía, año de 1912, y se oía el crujir de las entrañas del enorme transatlántico

en las gélidas aguas del Atlántico Norte, entre Gran Bretaña y New York, la banda de música de

cuerdas que tocaba sobre la  cubierta, decidió con dignidad, y estoicamente tocar lo que pensaron

sería su última actuación.

El Viloncelista abrió el estuche y sentado tocó su instrumento, junto a sus compañeros. La gente

corría , gritando desesperada ante la inmutable elegancia de los música.

Cuando el fin se acercaba , el navió se partió y todo lo que estaba sobre la pista de tablones, resbaló

sin detenerse a ese oceano negro y frío, que se convertiria en la tumba de muchos. El azar quiso

que el chelista al resbalar cayera sobre el estuchue del instrumento, que lo convirtió en un nuevo

Moisés cuando un barco que iba a ayudarlos lo recogió y salvó.

Murió muchos años después, en tierra firme, viejo , de causas naturales.

sábado, 7 de noviembre de 2015

EL BUEN SAMARITANO ES EL ATEO

Copiado de "El País" de España, es un artículo que quiero compartir con ustedes.

El buen samaritano es el ateo

Si alguna vez —Dios no lo quiera— le dan una paliza unos asaltantes mientras baja de Jerusalén a Jericó, más vale que después pase por allí un samaritano poco creyente. Porque ser religioso o ateo no hace más buenas a las personas, pero sí que parece condicionar la forma de entender la generosidad y el altruismo hacia desconocidos. Y las personas menos religiosas tienen una tendencia más espontánea a ayudar al prójimo, según los últimos estudios.

Los niños más altruistas eran de familias ateas o no religiosas. La religión no es una garantía para la moralidad", asegura el autor El último trabajo ha sorprendido al mostrar que los niños y niñas criados en ambientes religiosos son menos proclives a ser generosos, que existe una correlación inversa entre el altruismo y la educación en valores identificados con la fe.

Por medio de un experimento realizado con menores de entre 5 y 12 años en seis países culturalmente muy diversos (Canadá, EE UU, Jordania, Turquía, Sudáfrica y China), los investigadores encontraron que los escolares que no reciben valores religiosos en su familia son notablemente más generosos cuando se trata de compartir sus tesoros con otros niños anónimos.

"Es importante destacar que los niños más altruistas vienen de familias ateas o no religiosas", destaca el líder del estudio, Jean Decety, neurocientífico y psicólogo de la Universidad de Chicago. "Espero que la gente empiece a entender que la religión no es una garantía para la moralidad, y que la religión y la moralidad son dos cosas diferentes", remata cuestionado por la importancia de este estudio.

Además, en la investigación se preguntaba a los progenitores si sus hijos eran más o menos generosos y, curiosamente, los padres y madres más religiosos creen que están criando una prole más solidaria: los creyentes dan por hecho que sus hijos son más altruistas, aunque a la hora de la verdad compartían menos. Otro hallazgo importante es que la religiosidad hace que los niños sean más severos a la hora de condenar el daño interpersonal, como por ejemplo los empujones.

"Este último hallazgo encaja bien con investigaciones previas con adultos: la religiosidad está directamente relacionada con el aumento de la intolerancia y de las actitudes punitivas hacia delitos interpersonales, incluyendo la probabilidad de apoyar penas más duras". En resumen, los menores criados en ambientes religiosos serían algo menos generosos pero más proclives a castigar a quien se porta mal.

Los más religiosos fundamentan menos su generosidad en las empatía y más en otros factores como el dogma, la identidad de grupo o la reputación", asegura Willer Hace un par de años, el sociólogo de Stanford Robb Willer publicó un estudio en el que, a través de tres experimentos, mostró que la compasión llevaba a las personas no creyentes a ser más generosas mientras que en las más apegadas a la fe la compasión no influía en su nivel de generosidad. "Para los menos religiosos, la fuerza de su conexión emocional con otra persona es fundamental para decidir si van a ayudarla o no", aseguraba Willer en su día: "Los más religiosos, por el contrario, fundamentan menos su generosidad en las emociones y más en otros factores, como el dogma, la identidad de grupo o la reputación".

Desde hace siglos, distintos autores han abordado el debate de si la religión, creer o temer a Dios, provoca en los humanos una actitud más bondadosa, más solidaria, más empática hacia el sufrimiento de los demás. No obstante, en los últimos años la investigación psicológica ha revelado varias tendencias consistentes, como que los creyentes tienden más a dirigir su empatía hacia su propio grupo, que religiosos y no religiosos motivan su altruismo en valores diferentes y que usan criterios distintos para determinar qué acciones son inmorales.

Sin embargo, la idea de que la religión consolidaba el altruismo aparecía en diversos estudios, como los que vienen publicando autores como Azim Shariff, que ha repasado en la revista Science la importancia de la fe a la hora de mostrarse más generoso con los demás. En sus trabajos se ponía a prueba el altruismo de la gente después de hacerles pensar (consciente e inconscientemente) en Dios y sus manifestaciones: aquellos que leían sobre él o veían vídeos relacionados antes de la prueba se mostraban notablemente más generosos que los que no. Las motivaciones no eran la compasión o la
empatía, pero ayudaban más al prójimo al tener presente la figura divina.

Por eso, Shariff considera que los resultados del estudio en niños publicado hoy "parecen superficialmente contradictorios" con su trabajo. Pero de gran importancia: "Creo que se trata de unas conclusiones fascinantes a partir de un esfuerzo impresionante. Este estudio nos obliga a repensar seriamente las cosas a fin de conciliar lo que sabemos", resume Shariff, de la Universidad de Oregón.

Los padres y madres más religiosos creen que su prole es la más solidaria; los experimentos mostraron que era justo al revés Lo difícil sería explicar por qué ateos y creyentes (o poco religiosos frente a muy religiosos) actúan de forma distinta cuando se trata de pensar en los demás. Aunque no hay respuestas concluyentes, tanto Shariff como Decety aluden a una cierta licencia moral que se otorgan aquellos que ya rezan por los demás: si ya cubro el cupo de generosidad en mi parroquia, eso me exime de tener que ser altruistas con desconocidos. "Es un fallo mental particularmente interesante:

haciendo algo bueno, que ayuda a fortalecer nuestra propia imagen positiva, se desinhibe el comportamiento egoísta y por lo tanto somos más propensos a tomar decisiones inmorales", explica Decety, uno de los mayores expertos en empatía. Eso explicaría que los niños criados en hogares religiosos, que se perciben como más sensibles y justos, son de hecho los menos altruistas entre sus compañeros de clase.

Shariff, más crítico, considera que esto tiene una lectura a la inversa. "Se limitan a un tipo específico de generosidad espontánea. Es posible que alguien sea enormemente altruista donando el 20% de sus ganancias a la caridad. Y como ha estructurado su altruismo de este modo, no se sienten obligados a donar a un mendigo en la calle que les pide dinero de forma espontánea, o a un psicólogo que les da la oportunidad de compartir con alguien en un experimento".

En la parábola de Jesús que recogió Lucas en los Evangelios, era un sacerdote quien pasaba de largo ante el necesitado y únicamente se detuvo el samaritano. Pero no sabemos quién era más religioso de los dos, ni si eso tuvo algo que ver.

http://elpais.com/elpais/2015/11/05/ciencia/1446717405_450204.html


VINIL/ ACETATO

Allá por 1968 oímos música con tocadiscos. Los discos eran de vinil o acetato. Eran baratos, y las agujas (ya piratas, o genéricas para ser más elegantes), más el trajín de ser manejado por adolescen-
tes, rayaban los discos. Se oía un sonido de fondo que yo llamaba "friendo un huevo". Y cuando tenían un pequeño rayón, le poníamos un sucre encima del brazo que contenía la cápsula de la aguja
para que no salte. El arte de las capas era mucho más grande, bello y colorido. Contenía muchas veces las letras de las canciones. Y había unas canciones chéveres. El sonido además era mejor porque toda estaba contenida en un surco y el sonido era total. Los discos compactos son binarios (0-1-0-1) siempre se pierden partes del sonido. Aquí hay una muestra de es música. Desmonn Deker. La canción "Israelites) año 1968.

viernes, 30 de octubre de 2015

EL DESIERTO MAS ARIDO DEL MUNDO

No es el del Gobi, en Mongoloia. Ni el Sahara. Ni el Valle de la Muerte en los EEUU de

norteamérica.Es el de Atacama al Norte de Chile. Donde paró el avanze de Pizarro y Almagro una

aterradora tormenta de arena. El Sol les quema. El viento les lastima. El cristal reducido a su mí-

nima expresión, al sílice pulverizado de la arena ferviente. Ahí una fugaz llovizna, que lame esas

dunas donde en las noches heladas y secas hacen sus circuitos la variedad más curiosa de animales

de ojos bien abiertos, donde reptan las sierpes depredadoras, crece mágica y fosforescente , una

pléyade de flores que tinturan esa planicie con los colores más bellos y variados.

Son miles de pétalos y en cada uno de ellos renace, como un futuro pasado juego de tiempo

el espíritu de Patricio Dorrman, Sohel Riffka, mi hermana Bertha, Violeta Parra, Victor Jara,

y de tantos otros que tanto dejaron, y se fueron y aparecen y deasaparecen en un juego prestidígito

de colores psicodélicos que nos hacen pensar que de alguna forma, podemos aparecer e irnos por

instantes, jugando con la muerte inexorable y pintando de colores vivos el lienzo sempiterno

amarillo de Atacama.